martes, 27 de julio de 2010

UNA MUJER DIGNA


Una mujer digna, del libro 17 Simples Cuentos.



Me he vuelto impúdica. No pornográfica, impúdica. Impúdica con mis sensaciones, con mis fantasmas, con mi cuerpo. Ya no los escondo más.
A Fabio lo veo de día, burlándome de la luz, de la seguridad de la noche.
Soy una señora. Soy una mujer casada, con el doble de edad para todo. Aparento ser feliz y estoy socialmente agradecida por “todo” a la vida. Es entonces cuando aparece frente a mí, desafiándome, suplicándome que lo sumerja en mis fantasías. No sus fantasías. MIS fantasías.


Nos vemos de día. En plena peatonal, en un hotelito en el que me juzga severamente la mirada de la mujer que me da la llave de la habitación. En el que le sonríen cómplice a él los muchachos que trabajan, cuando lo ven pasar conmigo (que soy mayor, que soy casada, que soy una señora). Y a cada paso, con cada sonrisa, va desmoronándose mi decencia, ensuciándose el linaje de esta mujer bien, cincuentona, cuidada, fina, y ellos parecen disfrutarlo abiertamente. Como yo disfruto abiertamente el placer que me da él en ese hotelito en el que dejo, en la vieja caja de seguridad, a la entrada, mi apellido de casada, mi alcurnia, mi historia intachable, mi foto de boda… a cambio de placer, infinito, vibrante, halagador para una mujer de mi edad, acostumbrada a hacer lo que se debe, lo que dictan las doctrinas de los otros, los horarios de los otros, la bíblica armonía del hogar. Y yo ahí, desnuda, con un joven que podría ser mi hijo, tan refinado, con esa piel dorada, con ese cuerpo ególatra. Con ese hombre increíblemente vanidoso espiando a través de mi piel añeja, hurgando en mis más ocultas sensaciones.
Me desviste de día con sus manos fuertes, jóvenes, torpes, ansiosas. Eso me hace sentir que transgredo, que soy fuerte, atrevida, tan joven como él.


Y le escribo a Ernesto, mi marido, una carta: “...Te sigo amando, Ernesto. Sigo amando tus logros y nuestra casa decorada a mi gusto, por supuesto. Sigo amando a nuestros hijos y enorgulleciéndome de la manera en que los criamos. Adoro poder presumir de todo, del respeto de todo el barrio privado, de navegar en nuestro cómodo auto y de volar de vez en cuando a algún paraíso lejano a descansar juntos. No puedo olvidar el sacrificio de años junto a vos, pero un día desperté queriendo sentirme única. Queriendo caminar libre por la calle, queriendo no saludar a la gente, no vestirme a la moda, queriendo que alguien en un barcito, tomándome de la mano solamente, me desvista con la mirada, me vea, me conmueva. Bien sabés que lo hemos intentado, incluso en algún viaje, y nos sale mal, volvemos a lo mismo de siempre. No es para nosotros, nos avergüenza. Y eso nos vuelve contradictorios, conocernos tanto y tan poco los dos, Ernesto.


Él es joven, inexperto, no sé si está jugando o si es en serio. No tengo idea. Dejándote me arriesgo a perderlo todo, a volver hecha trizas y que los chicos y vos estén destrozados también.
Pero me atrae (y me asusta también) la idea de la libertad. Él me llama y me susurra sus frases tibias, y me conoce a tal punto que las vuelve calientes cuando intuye que me estoy arrepintiendo de nuestro romance. Me toca, me alcanza, me huele, sonrío cuando estoy sobre él, me exalta que me penetre. Él observa fijamente mi rostro, disfruto de sus masajes en mis pechos, (ya no tan turgentes como cuando me conociste, Ernesto), me invade las entrañas con su esperma caliente. Me siento húmeda cuando percibo próximo nuestro encuentro. Lo hacemos con la luz del día, con las ventanas abiertas, con el horario del Banco y el murmullo callejero apurándonos.


Cuando todo acaba y por fin descanso junto a él, me siento fuerte, única. Pienso en tanto secreto placer. Y enfrento los prejuicios. Mis prejuicios, los prejuicios de la señora de la entrada que cuchichea con la mucama cuando nos vamos.


Me voy con él. No quiero huir de esto que siento por Fabio, no quiero olvidarme cómo es sentirse deseada, cómo es el placer de ser embestida por esa bestia joven y gozosa hasta la vergüenza de esta señora madura.


Te amo, Ernesto, y sé que vos también me amas a mí porque siempre fui una mujer respetable y sacrificada, que recalentaba almuerzos y cenas para todos ustedes a medida que llegaban a casa, comía lo que nadie quería comer, preparaba bolsos de viaje, y me cuidaba para que alguna vez me miraras. Pero nunca me había quebrado por deseo ni la luz había tocado mi piel desnuda. No me conocía, no sabía dónde quedaba yo, donde era mi centro realmente. Ahora descubrí qué cara tengo cuando espero ver a alguien, cuando deseo, cuando sonrío, cuando se mezclan en mí la vergüenza y la ansiedad. Ahora sé cómo se me eriza la piel cuando lo veo llegar a nuestra cita. Cuando siento su mirada joven y su sonrisita triunfal porque sabe que me tiene, que le respondo, que ocupa mi pensamiento. Lo siento, Ernesto, siempre fui una esposa y madre abnegada, siempre fui una mujer a oscuras y pensé que iba a morir así. Ahora voy a irme con él, ya no hay nada que yo pueda construir en esta casa, ya todos en esta familia tomaron sus caminos, eligieron quien y cómo querían ser. Ahora me toca a mí. Voy a juntar mis cosas y voy a irme a vivir con Fabio. Fui una mujer demasiado digna hasta ahora, de aquí en más sólo quiero ser una mujer”. Cuando termino la carta la doblo y la beso con mi parsimonia habitual, la dejo en el escritorio de Ernesto, y alejo nuestra foto. Tomo mi equipaje, bien ligero por cierto, y una bocina me indica que llegó a tiempo el remisse. Me pongo mis anteojos Jackie, mi ansiedad, me llevo mis perlas por si hay que venderlas y la llave de casa. Sí, la llave de casa.

Golpeo la puerta del departamento 708, a una hora desacostumbrada, Fabio debe haber llegado del gimnasio una hora antes según mis cálculos. Abre la puerta un joven atlético, similar a Fabio, con una mirada tan seductora como la de él. Intento no mirar su cuerpo, está con el torso desnudo. “Buenas Noches, busco a Fabio”, le digo sin quitarme mis Jackie, “Ah sí, usted debe ser...” No lo dejo terminar: “Si, soy yo”, digo con firmeza. El ruido de la ducha cesa, y escucho lo que menos hubiera sospechado escuchar. Desde el confín del departamento la voz de Fabio: “Amor, ¿quién es?”. El joven me mira entornando los ojos, aparece Fabio, le digo en voz baja, acentuando cada palabra, desgranándome por dentro: “cómo pudiste...” Fabio está paralizado, el joven también, tomo mi valija y pido el ascensor. Sé que Fabio habla y me toma del brazo, yo sólo siento un nudo en el corazón y mi latido fuerte, muy fuerte, y no escucho nada más. En la calle todo es lento, camino lento yo también, con una pesadez inusual. Sólo salgo de mí cuando siento la fría sal de las lágrimas en mi rostro.
En un instante se larga una fina llovizna y entro en un bar a refugiarme, pido un café y me pongo a escribir contándole a Ernesto, con finas descripciones, las veces que soporté sus aventuras, las miradas que fingí no percibir entre él y mis amigas, las veces que simulé no notar en su equipaje los caros regalos que traía de Europa para su amante de turno. Y lo escribo todo, con dolor, con rabia, hundida en la derrota y deteniendo las lágrimas que pujan por salir. Cuando termino mi café y la carta, me voy, no sin antes mirarme unos segundos en el espejo de salida del viejo bar, que me devuelve la imagen más opaca, silenciosa y decadente mía que haya visto jamás en cincuenta y tres años.


Cuando el remisse me deja en la puerta de casa, miro hacia el escritorio de Ernesto, está la luz prendida, todo puede haber sido con la carta que le dejé. Camino sin quitarme mis Jackie, aunque ya son las ocho de la noche. Entro despacio, siguiendo un ritual mudo de arrepentimiento doloroso y discreto, derrotada. Acostumbrada a disimular, disimulo. Dejo mi bolso en el lavadero, paso por el escritorio y veo la carta arriba del escritorio, me confunde esa luz del escritorio prendida, cambio una carta por otra, como una guionista tratando de cambiar el rumbo de dos personajes, en una yo soy la culpable, en la otra es Ernesto el responsable. Dejo la segunda carta apretada con el portarretrato con nuestra foto, se me enfrían brutalmente las manos, retengo la respiración, siento achicarme. Finalmente me llevo las dos cartas conmigo, en el camino a la cocina, ambas se deshacen con la transpiración fría de mis manos. Ya en la cocina las termino de deshacer y las tiro en el cesto de basura, revolviéndolo para que terminen de desintegrarse en esa humedad maloliente. Voy hacia el living. Allí, Ernesto con el televisor en ESPN. El silencio entre los dos es devastador.


Concentrada en la nuca de mi marido, respiro hondo, trato de desatar el nudo que pasó de mi corazón a mi estómago, elijo seguir. Ernesto rompe su mutismo y me da el remate final:
- ¿Qué hay de comer?
Espero, trato de relajarme para deshacer los nudos que en el pecho y el estómago me torturan, me desarmo y en un segundo me reinvento una vez más:
- No sé, ¿qué querés comer vos? Podemos pedir algo al delivery, hoy no tuve mucho tiempo de salir a comprar.

2 comentarios:

David dijo...

¿Qué decirte que no te haya dicho antes con respecto a tu obra?

=)

Un saludo afectuoso.

Alejandro dijo...

Nadine, tu prosa es notable, no solo cuenta, también canta. Tu estilo es bellísimo y tu percepción es una conjunción magnífica de sensibilidad y profesionalismo.